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El guerrero
"...cuando el Fénix ve llegar su final, construye un nido especial con ramas de un roble y lo rellena con canela, nardos y mirra, en lo alto de una palmera. Allí se sitúa y, entonando la más bella de sus melodías, expira. A los 3 días, de sus propias cenizas, surge un nuevo Fénix, y cuando es lo suficientemente fuerte, lleva el nido a Heliópolis, en Egipto, y lo deposita en el Templo del Sol." Ovidio
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vidas secretas
la mujer de las palabras secretas

No soy fan de Isabel Coixet. Cuando vi Mi vida sin mí, recomendada encarecidamente por muchos amigos y conocidos, me pareció una película correcta, pero me dejó frío. A pesar del tema y las interpretaciones, salí del cine tal cual había entrado, incluso un poco decepcionado. Por eso digo que no soy fan de Isabel Coixet. O no lo era hasta esta tarde, hasta el momento en que las imágenes de la explosión en la plataforma petrolífera daban comienzo a La vida secreta de las palabras.

Es complejo describir las sensaciones profundas que me estremecieron durante toda la película, e igualmente complejo sería reproducir con fidelidad las imágenes y frases que se me han seguido repitiendo durante toda la tarde, adquiriendo un significado distinto. Si las palabras tienen una vida secreta, también lo tiene el cine cuando se trata de espectáculos íntimos como el que ha rodado Coixet.

islas

El personaje de Hannah, al envolver los rollos de celulosa de la fábrica, nos está avisando sin que nosotros lo sepamos de que ella está igualmente envuelta, parapetada y aislada. Parapetada al igual que con su audífono, que apaga y enciende a voluntad, con la diferencia de que todas esas capas que la protegen no son de quita o pon. No es de extrañar por tanto que acepte gustosa un puesto de enfermera en una plataforma petrolífera, un símbolo de aislamiento y de fortaleza que resiste el embate de millones de olas.

Es necesario que transcurra casi la mitad de la película para que Hannah se quite una de las capas con una sonrisa, la primera. Una sonrisa impune ante los ojos de un enfermo con la cornea quemada. Un enfermo cuyas quemaduras no sanan, ni por dentro ni por fuera, y que se refugia en la seducción y el humor para vencer su soledad y aislamiento. Lo mismo hace el cocinero viajando por el mundo a través de la comida y un cassette, y el oceanógrafo preocupándose por los mejillones, y los operarios de máquinas purgando el recuerdo de sus familias con el único calor que pueden encontrar. En ese castillo todos buscan la forma de escapar de sus barreras. Todos menos Hannah.

no sé nadar

Es entonces cuando se produce una asimilación entre el enfermo y la enfermera, una simbiosis invisible e implacable de dos seres amputados que comparten mentiras piadosas y desvelan verdades a cachos. Ese proceso es una obra maestra fílmica, un delicado balance exento de música, parco en palabras, ciego y sordo. La historia de Hannah y Josef está completamente libre de sentimentalismo, y es sin embargo demoledora y catártica.

Sarah Polley está grande interpretando a Hannah, y aunque no sea un adjetivo muy acertado para esa pequeña mujer, es idónea para la actriz, porque no hay un gesto, un andar, una mirada que no pertenezca al personaje. Polley interpreta a dos mujeres, a la mujer introvertida y desubicada, a la mujer incluso rara y antipática, y a la verdadera mujer, a la superviviente. Y cuando se desvelan ambos personajes, cuando se fusionan y se convierten en uno en ese ocaso que se produce en el camarote, el impacto que produce la robustez con que está construído y la nueva lectura que asume todo lo que hemos visto y oído, lo único que cabe es la desolación. Coixet consigue, con la asombrosa interpretación de Polley, que los espectadores no sintamos pena por la víctima, sino que nos convirtamos en ella. Tim Robbins cumple perfectamente en el papel de Josef, al igual que Javier Cámara, aunque los secundarios que más me sorprendieron fueron el jefe de la plataforma e Inge, interpretada por Julie Christie. El primero porque se marca una escena increíble en el puente de mando, contándole a Hannah la historia de la explosión, en un tono que a pesar de ser neutro y controlado me produjo una emoción inexplicable. En el caso de Julie Christie, puede deberse a una melancolía cinéfila, pero no lo creo. Su escena brilla y nos trae un horror y una realidad que se nos graba por su dicción, por la rabia que destila su controladísima cadencia al hablar.

el horror

A pesar de que me gusta citar diálogos, no puedo hacerlo en este caso, porque temo desvelar el secreto de las palabras, porque no hay una sola línea que no tenga más de un sentido y más de una lectura. Pero no quiero terminar sin recordar escenas fantásticas, como ese inusual paseo en columpio en el mundo de la estática y del salitre, o las plantas en latas de aceite, resistiendo el embate del aire ensalitrado. El fabuloso montaje de los habitantes del castillo cuando cae la noche, o esa significativa escena en la que uno de los maquinistas le enseña unas fotos a Hannah. Y como no, esa controlada conversación que tiene lugar frente a un barco varado en chatarra, como todas las vidas naufragadas que pueblan la película. Y esa frase inmensa, ante una elocuente metáfora, " aprenderé a nadar", la única frase posible, la única salida posible de una aislada plataforma petrolífera. Aunque también es la única forma de llegar a ella.

La Vida Secreta de las Palabras es El Sexto Sentido del corazón. Te guía por un bosque lleno de vericuetos, te hace olvidarte de lo que acabas de ver y oír, y al final te devuelve al mismo punto del principio, pero sobre la copa de los árboles. Y entonces todo tiene sentido, reconoces todos los giros y las veredas, pero desde otra perspectiva. Y es entonces, cuando ves el mapa de esa vida secreta y asaltada, cuando se te parte el corazón.

puede que nunca vuelva...

Soy fan de Isabel Coixet. Y lo supe desde el momento en que vi La Vida Secreta de las Palabras.