Blogs.ya.com Quitar publicidad
El guerrero
"...cuando el Fénix ve llegar su final, construye un nido especial con ramas de un roble y lo rellena con canela, nardos y mirra, en lo alto de una palmera. Allí se sitúa y, entonando la más bella de sus melodías, expira. A los 3 días, de sus propias cenizas, surge un nuevo Fénix, y cuando es lo suficientemente fuerte, lleva el nido a Heliópolis, en Egipto, y lo deposita en el Templo del Sol." Ovidio
Mis Dioses
El Panteón de Heliópolis
Liturgia
Sindicación
 
correspondencia
Hoy toca un post atípico. No tendrá imágenes. Será el más largo que he colgado nunca de mi blog y sé que muchos no tendréis tiempo de leerlo, pero necesito ponerlo. Es un relato que escribí hace unos meses, y aunque no es una historia personal, tiene más de mí de lo que parece. Me metí en la piel de alguien que conocí, y en la del Yarince de hace siglos. Fue duro de relatar, pero lo terminé en paz. La escritura y la imaginación, una vez más, fueron mi catarsis para purgar una experiencia personal. Mi catarsis y mi invocación, ya que un par de meses más tarde tuve ocasión de atar, esta vez en persona, aquel cabo suelto de mi vida.

CORRESPONDENCIA

Me llegó su carta en junio del 2001. Cinco días antes de mi cumpleaños. Más de diez años después del último que pasamos juntos. Su nombre me hacía volver a aquellos dulces años, a los inicios. Víctor era sin duda mi mejor amigo. Incluso hoy, al hacer recuento, se cita su imagen en mi mente. No se borró con el paso de los años. Se quedó ahí marcada, indeleble.

Recuerdo la primera vez que lo vi. Apenas tendríamos 16 años. Yo paseaba con Elena por un parque cercano a mi casa, buscando algún sitio discreto donde poder meternos mano. Y en un banco estaba Víctor, leyendo un libro. Era imposible no fijarse en él, sentado en medio de la galería de los helechos con su estridente camisa naranja. Parecía una mancha sacada de un cuadro de Pollock. Elena y yo dejamos de hablar y buscar por un instante, y nos quedamos los dos absortos, mirándolo mientras pasábamos a su altura. Él estaba enfrascado en el libro, de tapas rojas, y acerté a ver que era una novela de García Márquez.

Víctor era un chico normal y corriente. Ni feo ni escandalosamente guapo. Pero había algo en su rostro que te hacía mirarlo dos veces. No leía el libro, lo devoraba. Se podía adivinar lo que sentía mientras digería sus párrafos, reflejándolos con sonrisas o con un halo de tristeza. La cara de Víctor hablaba como ninguna otra cara que hubiera visto antes. Y cuando levantó su mirada al sentirnos pasar, deseé robarle aquellos ojos castaños y salir corriendo. A los diez minutos, mientras besaba a Elena en el paseo de los abedules, su mirada se escondió en los pliegues de mi memoria.

Unos meses más tarde, me apunté a un curso de salvamento que daba la Cruz Roja. Mi padre no me permitía permanecer ocioso, ni siquiera en verano. Al entrar en la clase, me tropecé con un chico que me recordaba a alguien. Estaba seguro de conocerlo de algo. Al pedirle disculpas no reaccionó como solían hacer los demás, mirándome de arriba a abajo con un deje de desprecio por mi ropa de marca y mis gafas Rayban. Simplemente me miró de reojo y sonrió. Y sin saber por qué, ajeno aún al episodio del parque, supe que Víctor era distinto de los demás.

Quizá por esa razón lo busqué un par de días más tarde, a la salida del curso, y le ofrecí un cigarro, aprovechando que íbamos en la misma dirección. Presentía que podíamos ser buenos amigos, y me picaba la curiosidad de saber de qué le conocía. La química se desencadenó de inmediato y comenzamos una amistad inolvidable.

Recuerdo especialmente las veces en que nos fumábamos una clase y nos quedábamos en el coche, hablando. O cuando me contaba el programa de radio que había oído mientras caminábamos por el muelle. Podía quedarme escuchando a Víctor durante horas. Viendo cómo su cara se metamorfoseaba con sus historias, cómo reía o se le quebraba la voz, cómo miraba hacia el horizonte intentando curvarlo. Tenía el don de emocionarme. Era la primera persona que conocía que ocultaba un mundo inmenso y rotundo tras una capa de fragilidad. Bajo el cristal de su mirada esquiva, Víctor era una roca de basalto que escondía estratos de la mayor ternura.

Acabamos siendo un grupo grande de amigos, del que formaban parte Elena y algunas de sus amigas, y antiguos conocidos de Víctor o míos. Sin embargo, la relación no era fácil. Elena adoraba a Víctor, pero me recriminaba que pasara tanto tiempo con él. Sus amigas flirteaban conmigo cuando ella no se daba cuenta, y ante mi rechazo se acercaban a Víctor con la intención de arrebatarme su tiempo. Y el resto nos envidiaban por acaparar a las chicas, nos odiaban a pares por haber sido destronados del puesto de ‘mejor confidente’, y se dedicaban a lanzar rumores manchando nuestra relación.

Nada de eso nos afectó. Sabía que Víctor y yo estábamos predestinados. Que nuestra asistencia a aquel curso no había sido casual. Que existía un plan. Estaba plenamente convencido. Y para que no me quedara ninguna duda, un 13 de enero, Víctor llegó a casa con un paquete. ‘Ábrelo’, me dijo ‘es para ti.’ Mientras rompía el papel, me llegaba su voz diciendo ‘no lo he comprado, lo tenía en casa. Es mi libro favorito, y quiero que lo tengas tú.’ Cuando atisbé las tapas rojas de la novela a través del papel de regalo, las piezas encajaron en mi cabeza. El amor en los tiempos del cólera, Fermina y Florentino, formarían ya parte de mi historia. Recordé la galería de los helechos y su mirada, y sentí que era el destino el que me guiñaba el ojo. No pude evitar darle un beso en la mejilla. No recuerdo qué excusa le puse para aquel efusivo agradecimiento, pero el caso es que desde aquel momento, besarnos se convirtió en una costumbre furtiva que yo anhelaba cada día más.

En aquel instante supe que estaba enamorado de él. Aquel beso no iba dirigido al pómulo de Víctor, sino a su boca. Pero la mía se asustó y desvió la trayectoria. Para él yo era nada más y nada menos que su gran amigo, y aquel quiebro en nuestra historia era demasiado peligroso. Ni siquiera yo estaba seguro de lo que hacía o lo que sentía. Necesitaba aclararme y tratar aquel asunto con delicadeza. Había fantaseado con otros hombres, pero lo que sentía por Víctor era completamente nuevo. Distinto.

Cuando me dijo que se iba a estudiar a Barcelona, mi mundo se hundió. No podía imaginar un día sin verle, sin escucharle. Ése fue uno de los motivos de que accediera de buena gana a la sugerencia de mi padre de irme a trabajar de aprendiz a un estudio de A Coruña. Una ciudad diferente, sin recuerdos de Víctor en ninguna de sus esquinas. Así todo sería más fácil. Y tendría tiempo para pensar, lejos de nuestro muelle, de nuestro bar, de nuestro jardín. El otro motivo era que mi madre, ignorante de que Víctor se iba de la ciudad y sospechando la naturaleza de mis verdaderos sentimientos, había maquinado para alejarme de él. De manera que mi traslado a Coruña era la mejor solución para los tres.

Fue un año difícil. Las condiciones que me había impuesto mi padre eran denigrantes. Prácticamente no disponía de dinero y vivía en el margen de la pobreza. Y aunque nunca lo llegué a confirmar, sigo convencido de que mis jefes, en contacto profesional directo con mi progenitor, tenían la consigna de hacerme trabajar hasta el punto de la extenuación. Lo único que recuerdo con agrado de aquel año es la correspondencia que mantuve con Víctor.

Víctor me mandaba besos en sus cartas. Dibujos. A veces incluía las hojas que el otoño depositaba en las Ramblas. O guijarros diminutos del Parque Güell. De repente me llegaba un paquete postal con cintas que me había grabado con canciones que siempre me recordarán a él. Y cuando estaban trilladas de tanto escucharlas, las copiaba y guardaba las originales con su letra dentro de una caja de zapatos con sus cartas en el altillo del armario. Me decía que me echaba de menos. Que a veces aparecía en sus sueños.

No pasó una sólo semana en que no me llegaran dos o tres cartas. Y ni una sola de ellas me decepcionó. Al volver del trabajo corría a mi habitación de la pensión a ver si encontraba sus noticias por debajo de mi puerta. A veces me llegaban en papel cuadriculado, garabateadas en el descanso de alguna clase, o en folios inmaculados con los renglones ordenadamente torcidos. Y yo las contestaba y las repasaba mil veces, tachando cualquier frase que pudiera dejarle entrever lo que en realidad sentía por él. Y en cada despedida luchaba con mi mano para que no escribiera un te quiero. Y siempre temblaba cuando anotaba en el sobre su nombre y el de la calle Llibertat.

Durante aquel año Elena empezó a salir con mi hermano. Y aunque monté una escenita de celos, debo decir que me alivió no tener que tomar una decisión a aquel respecto. La quería, y no deseaba hacerle daño. Que su amor por mí se terminara fue lo mejor que podía pasarnos a los dos, porque el mío había cambiado de dueño. Por alguna extraña razón, no me pareció buena idea decírselo a Víctor. Desde su marcha del pueblo, Elena y él se habían distanciado y no mantenían contacto. Y aún así, él había sido el más firme defensor de nuestra relación, empujándome de nuevo a sus brazos en todas y cada una de las crisis. Por eso en esta última yo había permanecido mudo.

Me acostumbré a ir todos los martes y los viernes por la tarde al Café Mondrián, cerca de la Plaza de María Pita. Mi resentida economía no me permitía más que tomarme un refresco y un dulce, pero llegaba a pasar allí sentado hasta dos horas, rodeado de los helechos que me traían la mirada de Víctor, como si su olor fuera un elixir que desatara su vívido recuerdo. Me llevaba sus cartas dentro del libro de tapas rojas y las releía. Y en algunas frases me parecía encontrar que faltaba algo. Y analizaba cómo cambiaba el derrotero de aquellos fantásticos fragmentos donde me hablaba de sus sentimientos, y de unos miedos que nunca describía. Y cómo cuando parecía que iba a explotar en confidencias, partía su párrafo y me hablaba de la humedad de Barcelona. La vaguedad de los sentimientos de Víctor hacia mí era mi tortura.

Aquel año alejados me reafirmó en mi amor por él. Y en que no podía dilatar el momento de decírselo. Deseaba que se echara en mis brazos, que me correspondiera, pero incluso el rechazo era mejor que aquella situación que me rompía la vida. Víctor me seguía enamorando con cada una de sus cartas, de sus cintas, de sus historias. Veía su cara en rostros extraños, y su cuerpo en estaciones. Y tenía que saberlo. Una vez más, el destino me echó una mano.

Era un sábado de julio. Con la llegada del verano y el nuevo horario laboral, tenía libre todo el fin de semana. Y todos los sábados, entre las diez y las once, los pasaba en la puerta de la pensión, esperando la llegada del cartero y las noticias de Víctor. Aquél era un día especial, porque Víctor regresaba al pueblo, después de terminar su curso. La de hoy o la del lunes sería su última carta desde Barcelona.

Y allí, apoyado en el portal del Paseo de Ronda, fumaba un cigarro tras otro. El día en A Coruña había amanecido resplandeciente, con un cielo azul que se atrevía por fin a mostrarse en su vergonzante inmensidad, sin sus celosías de nubes. Y mientras lo miraba pensando si en el pueblo lo recibiría ese mismo azul, escuché su voz. Creo que me llamó por ese diminutivo con el que sólo él me nombra. Y yo creí morirme.

En el primer momento pensé que era una alucinación. Esperaba su carta y alguien con un timbre similar al suyo habría dicho a mi alrededor un nombre parecido al mío. Y que mi cabeza había hecho el resto. Pero bajé la mirada y allí estaba Víctor mochila al hombro, con su sonrisa radiante y unos ojos pícaros a los que se le unía un rasgo que nunca habían mostrado. Mi cabeza iba a mil por hora, intentando encajar aquella cara en aquel sitio, y aquella situación inesperada y fantástica en mi mente, que se empeñaba en negar la evidencia. Dejé caer el cigarro mientras lo miraba y examinaba su cara. Sí, es su cara. Y su camiseta naranja. Sí, es su camiseta. Y sus manos nudosas. Sí, son sus manos. Lo así de los brazos y lo metí en el zaguán, a ver si el espejismo se desvanecía al morirse la luz. Creo que el mundo se paró en aquel instante. Que hasta el inagotable canario de la vecina del primero había dejado de trinar. Y mis ojos acostumbrándose a la penumbra adivinaban su forma, y hasta me llegó ese olor de su perfume que me recordaba al azahar de mi infancia en Sevilla. Lo abracé con fuerza, con toda de la que era capaz, con las piernas temblándome y el corazón desbocado. Y aunque lo intentaba no podía soltarlo, queriendo esconderlo dentro de mí para no perderlo nunca.

Como pudo me contó que había engañado a sus padres para venir a verme, que llevaba meses organizándolo y reuniendo para el viaje, que había hecho en autobús. Pobre Víctor, el trayecto debía haber sido infernal. Pero él estaba radiante, se le veía feliz, y yo no podía parar de reír, de mirarle, de tocarle.

No podía llevarle a otro sitio que no fuera nuestro café. El café que él sin saberlo había sido nuestro refugio durante nuestra separación. Que nos había servido de oasis todos los martes y viernes. El café al que entraría con la misma camisa, manchando de naranja el lienzo de helechos.

El azar me había traído a Víctor y lo había sentado frente a mí, en una silla de plástico. Era el momento de confesarme. Debía contar mi pecado. Quería retrasarlo lo más posible, apurar aquellos momentos para poder seguir escuchándolo y mirándolo sin sospechas. Pero por desgracia debía irse en apenas dos horas. Aquella escapada no daba para más.

Pensé esperar hasta la despedida en la estación. Pero era el momento perfecto. En lo más profundo de mí quería contárselo con el tiempo suficiente para que mi sueño se hiciera realidad, y pudiéramos volver a aquella sórdida pensión a llenar mi habitación de amor y de colores. Así que empecé. ‘Tengo que decirte una cosa antes de que te vayas. No te lo he dicho por carta porque no me parecía que fuera la mejor forma de hacerlo.’

Víctor permaneció en silencio. Su cara congelada. Y sin saber por qué, en vez de la declaración de amor que había ensayado mil veces, de mis labios salieron otras palabras. Le mentí y le dije que me había acostado con un hombre. Probablemente al final el terror me atenazó, e inconscientemente pensé que aquella falsa revelación abría las puertas a la posibilidad de un nosotros, si en algún momento él se lo había planteado. Quizá pensé que me resultaba tan aterradora la idea de vivir sin él, que le dejaba espacio para que él tomara la decisión de seguir siendo mi amigo o mi amante.

Víctor reaccionó de la forma más inesperada. Se echó a reír. Se echó a reír de una manera distinta a la de sus risas habituales. Y yo me uní a ellas sólo para no escucharlas. Despachó el tema con rapidez, diciéndome que le parecía bien, pero que tuviera cuidado. Me pareció incluso que esperaba aquella confesión, que la había anticipado. Que la había asumido incluso antes de yo abrir mi boca.

Supe de inmediato que las quimeras de mi cabeza se hacían añicos. Víctor no me amaba. A pesar de sus silencios y de sus cambios de rumbo, no estaba enamorado de mí. Era su amigo y nada más. Probablemente sospechaba de mí, y simplemente yo ahora le confirmaba que me gustaban los hombres. No parecía percatarse de que era él quien me gustaba.

No sé cómo pude soportar el tiempo que seguimos juntos en aquel bar, al que nunca más pude volver. No sé como pude aguantar las ganas de sacudirlo hasta sacarle el amor que tenía que sentir por mí. No sé cómo pude contenerme y no besarlo, y no tocar su rodilla por debajo de la mesa, y no decirle la verdad. Aquella persona que era mi vida había sido disparada por un cañón a millones de años luz de mí. Y aún con él sentado frente a mí, sentía un vacío que tardaría años en llenarse. Víctor no me quería. No como yo quería que me quisiera. Y no creía ser capaz de soportarlo.

Llegó el momento de la despedida. No me dejó acompañarle a la estación de autobuses, porque tenía prisa. ‘De hecho voy a coger un taxi para no perder mucho tiempo, tú quédate por aquí que no vale la pena que después te pegues el palizón de vuelta.’ Paró un taxi nada más salir por la puerta, pero antes de entrar se giró y me abrazó con la misma fuerza con la que yo lo había hecho horas antes. Me invadió de su calor y me marcó a fuego la piel cuando su mano se deslizó por mi espalda hasta la cintura. Y sentí su aliento cuando enterró su cabeza en mi pelo. Víctor nunca volvería a abrazarme así.

Observé su espalda naranja mientras entraba en el taxi. Quise agarrarle y no dejarle ir. Pero mis piernas no me respondían. Mi gran amor se escapaba, y yo no podía hacer nada para retenerle. Su ‘cuídate’, lanzado desde la ventanilla del coche, se me clavó certero en la diana de mi pecho. Y mientras el taxi arrancaba, no pude más que decirle adiós con la mano, y te quiero con la boca.

Lloré. Lloré mientras volvía a la pensión. Lloré cuando decidí ir a la estación a buscarle y no lo encontré. Lloré mientras deambulaba por la Torre de Hércules y confundí con él a un chico de camisa naranja que se subía a un autobús. Lloré mientras leía todas sus cartas una vez más. Lloré durante días, hasta que las nubes volvieron a cubrir el cielo de A Coruña.

La relación con Víctor cambió de forma radical desde aquel momento. Las cosas no eran iguales. Aquella confesión lo cambió todo para los dos. A mí me dolía tenerlo cerca, y de alguna manera sorda y muda le recriminaba que no me quisiera. Y el Víctor dulce, tierno y profundo, en consecuencia, dio paso a otro superficial, distante y seco. Tenía problemas familiares, y su permanencia en la Universidad peligraba por motivos económicos. Mi amor por él se mantenía, pero se resentía ante aquel chico oscuro y taciturno. Para olvidarlo me eché en brazos de otros, a los que acababa odiando por no ser como él. Me aparté, él me dejó apartarme, y me quedé solo. Y yo lo dejé escapar para aliviar mi sufrimiento.

Cuando me fui a trabajar a Bruselas, el escaso contacto que manteníamos se había perdido ya por completo. Y eso me permitió conocer el amor de verdad, enamorarme de Derek desde mi experiencia y la sinceridad. No podría vivir sin él. Y quisiera multiplicar por veinte los años que hemos pasado juntos.

Hace unos tres años que Derek y yo decidimos volver e instalarnos aquí, a la búsqueda de una vida sin prisas y un hogar tranquilo. Y la decisión de hacerlo me sigue pareciendo la más acertada que pudimos tomar. Mi mundo nunca ha respirado tanta serenidad.

Y un viernes de junio, cinco días antes de mi cumpleaños, miré el buzón como siempre hago al llegar del trabajo. Y mientras me dirigía a la puerta de casa, ojeando cartas de bancos y folletos de grandes superficies, me encontré con un sobre con mi nombre escrito a mano. Con una caligrafía familiar que aún antes de reconocer, me puso los pelos de punta. Di la vuelta al sobre, incrédulo, y leí en el remite aquel nombre que resucitaba el pasado y una correspondencia partida.

Los dedos me temblaban al abrir la carta. Tuve que despedazar el sobre, en la urgencia de leer lo que contenía. Por un momento pensé que era una carta extraviada desde hacía diez años. Pero no, claro que no podía ser. ¿Para qué me escribía Víctor después de tanto tiempo? ¿Cómo había conseguido mi dirección? En esos pocos segundos hasta que comencé a leer, me convencí de que aquella carta portaba malas noticias sobre algún antiguo amigo, o sobre el mismo Víctor.

La leí en la mesa de la cocina, mientras el sol de la tarde manchaba las cuartillas en las que estaba escrita. Apenas había leído el primer párrafo cuando un nudo se instaló en mi garganta, sin dejarme tragar saliva. Al terminarla, las lágrimas me corrían ya por las mejillas. No sé si fue la carta en sí o los miles de recuerdos que convocaba en mi memoria, pero me embargaba una felicidad inmensa ante aquel regalo de papel. Víctor recordaba nuestra relación, nuestro afecto, y me contaba lo mucho que había significado para él. Me pedía perdón, responsabilizándose de nuestro enfriamiento y de la falta de contacto. Me deseaba felicidad, y si me parecía oportuno, una nueva oportunidad para nuestra amistad.

Inmediatamente cogí el teléfono y marqué su número. Para darle las gracias por el precioso detalle de su carta, y por el valor de haberla escrito después de tanto tiempo. No podía decirle lo que en realidad significaba para mí que mi primer gran amor volviera una década más tarde para limpiar un recuerdo que se había emborronado con los años. De nuevo Víctor era un episodio hermoso, del pasado, sí, pero que ahora recuperaba cargado de belleza.

Cuando oí su voz en el contestador, pensé que me iba a contar una historia. Hacía tanto que no la oía. Su voz, igual que la de siempre, tal y como yo la recordaba, pidiéndome un mensaje, sólo para mí. Ni recuerdo lo que dije. Sé que reía sin parar, y que su carta había sido la mejor sorpresa, y que me llamara, y que era fantástico volver a saber de él.

Esa misma noche Víctor sonó en mi teléfono, y me habló como si estuviera estudiando en Barcelona, y yo trabajando en A Coruña. Relativizando el tiempo. Como si diez años de ausencia se convirtieran en diez segundos. Me habló de su hermana y de su boda, de sus sobrinos. Le pregunté por su madre y se quebró al recordar que no estaba. Le conté de mi trabajo, y de mi nueva casa, y de mis peripecias por Europa. Quizá hablamos durante una hora, intentando llenar tantas horas de vacío.

Esa noche me acosté y abracé el cuerpo cálido de Derek con más fuerza de lo habitual. Me sentía plenamente feliz. Aquel punto oscuro de mi historia era ahora un episodio brillante. Y me sentía exultante al pensar que había cerrado aquel círculo, y que algún día me podría sentar con Víctor y reírnos de aquello, que podríamos contar la verdad del pasado sin connotaciones.

Y como el azar tiene su forma de reírse de nosotros, a las pocas semanas de aquella conversación telefónica, mientras curioseaba con Derek en una librería del centro, me tropecé cara a cara con Víctor. Frente a las obras completas de García Márquez. Y fue como si se repitiera nuestro encuentro en A Coruña, esta vez con las dos caras pintadas de sorpresa. Lo encontré guapo, mucho más guapo que en mi recuerdo. Parecía un hombre más joven. Y también más feliz. Cuando me sonrió y me miró con aquellos ojos, supe por qué me había enamorado de él. El reencuentro fue memorable, y nos abrazamos y nos reímos, y todo era igual que antes. Me miré en un cristal de la librería por comprobar que no se habían teñido mis canas y que no tenía de nuevo veinte años.

Al rato nos despedimos, y mientras él pagaba por un libro de tapas azules, yo lo miraba, y él se giraba de cuando en cuando, y nos reíamos, hasta que al fin desapareció por la puerta. ‘¿Quién es ese chico? Lo saludaste con mucha familiaridad para ser del trabajo’ dijo Derek. ‘Es Víctor’ le contesté. Su cara no necesitó una explicación adicional. Derek sabía de Víctor, y aunque mis relatos sobre él eran neutros y despreocupados, me conocía muy bien y adivinaba que aquel hombre había sido muy importante en mi vida. Y lo que es más, sabía que era el peor de los fantasmas, el de un amor imposible. Y en ese mismo instante comprendí que no podría recuperar con Víctor una amistad como la del pasado. Yo no estaba dispuesto a hacer sufrir a Derek.

En este tiempo he estado en contacto con Víctor en varias ocasiones. Nos llamamos por teléfono de vez en cuando, y nos mandamos algún que otro mensaje. Coincidimos a veces de compras, o de copas. Nos tomamos una cerveza apresurada entre las vidas ajetreadas de cada uno. No hemos tenido la oportunidad de hablar del pasado. Al menos no del pasado en penumbras. Y quizá haya sido mejor así.

Siempre hay gente que te pone al día de las vidas de los demás. Aunque tú no preguntes. Y de cuando en cuando me tropiezo con algún amigo de la pandilla, y por alguna razón el nombre de Víctor siempre sale en la conversación. Así es como sé que trabaja en un gabinete de diseño gráfico, y que es asiduo a las veladas de cuentacuentos que se celebran en la ciudad. No podía ser de otra manera. Y así es como sé que no tiene pareja conocida, y que ha pasado a ser el objeto de deseo de las mujeres solteras que se topan en su camino. Que es habitual de la noche y de todo tipo de locales, y que es muy reservado con su vida privada.

Y hoy, día de nochebuena, mientras releo en el sofá El Amor en los Tiempos del Cólera, mi móvil pita. Y veo en él ‘Víctor’. Y al contestar a su entrañable mensaje de felicidad, mis dedos se paran, y como espíritus se dirigen a las teclas con una voluntad propia. Y escriben ‘te amé siempre en silencio’.

Y al ver aquellas palabras escritas, mientras pulso ‘enviar’, sé que así es como tiene que ser. Que hay cosas que hay que decir. Que no se han ahogado con el paso del tiempo. Y que no es tarde para desvelar el secreto y cerrar nuestro círculo. Un círculo que se inunda de lágrimas al llegar un nuevo mensaje de Víctor.

‘En mis sueños fuiste el primero en besarme en la boca. Y te amé en parques plagados de helechos.’
 
Comentario:
Ha sido una sorpresa descubrir tanta sensibilidad en un relato como hacía tiempo que no percibía. Las lágrimas de emoción han llenado mis ojos ávidos de seguir leyendo hasta la última letra de este relato. Sensacional. Gracias por este regalo
 
Comentario:
Herizado tengo el cuerpo, ha sido un escalofrío que me invade por completo.

Yarince, eres mi escritor preferido, no es que tenga muchos es que de todos Te elijo a tí. Una y otra vez vuelcas palabras que desternillan los nudos de los que estan hechos las fibras del sentimiento.
Dejame decirte "Te Adoro" Tienes el DÓN.
Uff ficción o no, no puedo imaginarme esta historia si no es real. Me traes y me llevas el sentimiento a tu antojo en tus relatos...me rompes el pecho, enmudezco y aquí me dejas perpleja de ADMIRACIÓN.
 
Comentario:
Como no tengo internet en casa, para poder leerte copio cada cierto tiempo todo lo que tienes en la página y lo leo con tranquilidad en casa...

La sorpresa que me he llevado este medio día, al leer este maravilloso relato, que bien podría ser fruto de una mezcla de mis relaciones... No sé por qué, pero siempre acabo identificándome mucho con las historias que escribes.

Para cuándo una visita a la península? Para cuándo a Alicante?

Un abrazo!!

Pd.: Si no me lo hubieran prohibido, te prometo que habría llorado con este cuento...
 
Comentario:
Correspondencia 12 Abril

Nunca es tarde para decir verdades, entendiendo como tal aquello que permanece invariable con el paso del tiempo.
Bella historia, Yarince. Y fuerte. Ha pasado tiempo y parece que la acabas de vivir. Hay sentimientos que rozan y otros se tatuan.
Besotes.
 
Comentario:
Que buena historia. Y a pesar de la advertencia, la he leido toditita. Y mas de una vez. Me recuerda como el amor es necio, como podemos amar al que no nos ama y despreciamos al que su amor nos entrega. O al menos asi me ha pasado a mi en mas de una ocasion.
Me encanta tu sensibilidad para escribir, querido guerrero.
besos de larga semana
 
Comentario:
Leí “de un tirón”, asi decimos acá, tu historia de la carta, lo primero que me surgió pensar fue en lo maravilloso que somos en cómo el alma (y hablo de esa que contaba platón no de la de hoy) registra sutilezas y es capaz de revelarnos en donde y cuando menos lo esperamos magias, sensaciones, sitios enteramente recreados para que nuestros sentidos atontados, enamorados, lo absorban una vez mas.
Un clic no es nada entonces, algo como la grafía de Víctor ensobrada y tu mirada repasando su letra una y otra vez son... clic!
Te agradezco

 
Comentario:
Me ha gustado mucho esa historia de amor. Es como darme cuenta que de verdad hay amores que nunca han de morir, que se han de quedar por siempre a tu lado. Se siente el sentimiento al leerte.
 
Comentario:
Yarince, voy a imprimir tus dos últimos textos, para leerlos en el avión, pues no he tenido tiempo, y no quiero que pase tanto tiempo, que luego se me acumula el trabajo.
Un abrazo fuerte.
Hasta pronto.
 
Comentario:
Hoy me ha acompañado tu historia.
Gracias de nuevo por sacar al escritor a la luz por estas ventanas.
:*
 
Comentario:
Es la primera vez que te visito, tienes unas imagenes preciosas. Una historia muy bonita, una vez mas eso nos recuerda que las cosas hay que hacerlas en el mismo momento en que suceden y no dejarlas pasar si no siempre quedan en la incertidumbre de que habria pasado si lo hubiese hecho.Han tenido que pasar diez años para decirle la verdad, un poco triste, para las decisiones importantes si se piensan mucho nunca se terminan haciendo y luego uno se arrepiente, por lo menos de no haberlo intentado. Besicos.
 
Comentario:
Wow!!!
Me he quedado patidifusamente enganchada a tu relato...y dices que era largo??? A mi se me ha hecho cortísimo!!! Quiero más!!!
Lo cuentas tan bien que me he metido completamente en tu historia, no podía dejar de leer...
Me dejas sin palabras!!
Absolutamente fuckingtástico!!!
Besotes
 
Comentario:
Mi primer acercamiento a este blog, y .... no tengo palabras. emocionante, vivo, real, esperanzador.
Gracias por escribirlo y compartirlo.
 
Comentario:
Después de leerte me ha inundao la emoción, no acierto a decirte más...
Un abrazo.
 
Comentario:
delicioso, sin más comentarios.:)
 
Comentario:
Precioso, me has dejado sin palabras.
Es una historia contada con muchisimo sentimiento y q me ha hecho recordar muchisimas cosas.
 
Comentario:
"curvando el horizonte"...te admiro, me gusta mucho como escribes, te atreves a rasgar, a emocionar...ahora q empiezo a dejar q mi corazón sueñe devoro tu texto y los escalofríos recorren mi pierna izquierda, los de las señales.
besos muy dulces guerrero
 
Comentario:
Joder!!! Precioso, increiblemente emotivo. Vaya... me ha encantado realmente, pero mucho mucho. Jeje, es tarde, y yo mañana madrugo mucho, pero no me he resistido a la tentación de leer tan sublime historia. A veces uno se pregunta qué hubiese pasado si hubieran salido de tu boca esas simples palabras que lo podrían haber cambiado todo... Hay momentos tan críticos... Vale la pena no pensar en el "y si?" y mirar al presente. Fantástico, sinceramente fantástico.
 
Comentario:
este... está retocado?
has hecho algo con él desde que hablamos y gentilmente me lo diste a leer?
 
Comentario:
Emocionante. Intensamente emocionante en todos los sentidos. En el de los sentimientos..... sin palabras. En el de la comunicación y la expresión y el poder de la escritura, de tu escritura.... sin palabras.
 
Comentario:
Yarince,hoy con tu relato me has hecho llorar.
Podría decir tantas cosas que quizás escribiría algo tan largo como esto, así que sólo te diré que cuando te leo, muchas veces, es como si mis sentimientos fueran puestos en palabras por alguien que me conoce muy bien,que en este caso eres tu.
Hay cosas que nunca se olvidan aunque pase el tiempo,piernas que siguen temblando y corazones siguen latiendo ante un encuentro inesperado.
La vida a veces te da la oportunidad de convertir algo oscuro en brillante, pero no todos tienen esa suerte.
Besos
 
Comentario:
Es una historia muy bonita. Y lo es porque es cercana, porque es algo que a todos, en mayor o menor medida, nos ha ocurrido. La diferencia, quizás, es que tú, finalmente, te has atrevido a cerrar el círculo y confesarle, abiertamente, lo que sentías, pero no atrevías.

Y es que algunos sentimientos pesan como losas en el alma, y la mejor forma de liberarnos de ellos es dejarlos salir por las cuerdas vocales, pronunciando las palabras que tanto cuestan decir.

Un abrazo.
 
Comentario:
Pues, aprovechando que mi jefe no anda cerca, me lo he leido enterito. Y me ha encantado. Una historia preciosa, Yarince.
 
Comentario:
aysss mira q toy en el curro, y aunq dices q es largo se lee en na, aysss me has dejado sin palabras, a ver quien retoma ahora el curro XD!!
precioso yarince, hoy las imagenes no hacian falta
:)
besitos salados de CHOI
 
Comentario:
No sé qué decir, la verdad es que desde que le dí a la tecla de enviar comentario hasta ahora han pasado unos minutos y sigo secándome las lágrimas con la manga del jersey sin saber qué decir.

Cuando advertiste que sería una historia larga me preparé para la lectura, pero la verdad es que se me hizo cortísima. De esas historias que cuando acaban te dejan con la sensación de "¿yaa?, no puede ser...".

Una historia preciosa Yarince, me recuerda mucho a una mía, sólo que yo si tuve la oportunidad de hablar del pasado en penumbra.
 
Comentario:
Yarince, no soy capaz de contenerme las lágrimas, me da igual que me vean. Es una historia maravillosa. Escribes tan bien, que eres capaz de trasladar toda tu emoción, todo tu sentir a los que te leemos, eres maravilloso. Gracias de corazón por este regalo. Gracias por recordarme que sí que la vida tiene esta magia.. qué ganas de darte un abrazo enorme :-) gracias
 
Comentario:
este texto me ha hecho recordar muchas cosas. Has conseguido emocionarme de verdad. Grácias por tan maravillosas palabras. :)
 
Comentario:
¡Que embustera soy! ¡Que manera burda de callarme! En mi anterior comentario he dicho lo que debería haber hecho. Pero no he podido callarme mucho rato más... como siempre, como tampoco lo habría podido hacer en A Coruña: me habría comido a ese tipo a besos aunque me hubiera rechazado, atropellado con un camión o descuartizado y acabara metida en un congelador.
 
Comentario:
Era una puerta abierta y había que cerrarla. Está muy bien haberlo hecho, aunque sea diez años más tarde. Tal vez es incluso el momento más apropiado: con la tranquilidad y la seguridad de que ya no va a tener la capacidad de desgarrarte. Es mucho mejor que en el bar de A Coruña, querido, y es una bella historia. Un abrazo de helecho y madreselva.
No