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y de repente...
De como esta el mundo y sus inquilinos
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Chessire te saluda y agradece el tiempo que empleas leyendo estos textos.
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y de repente... unos blogs irresistibles
 
y de repente... deportes extremos
Soñaba perversos saltos desde altos y esbeltos puentes. Saltos sin cuerdas, sin ataduras y sin red de contención.
Imaginaba caidas libres desde brillantes aviones más allá de las nubes. Caidas sin paracaidas, sin trastos molestos a la espalda y sobre duras rocas.
Anhelaba una recta a altísima velocidad en un potente bólido. Velocidad sin freno, con una única pausa, brusca y contra un muro.

Odiaba su tosca realidad tallada a cinceladas al azar por esa gran maestra que es la vida. Realidad con miedo, impotencia y enclaustrada entre dos piedras que formaban su mundo. Por un lado, su sabiduría y del otro, la simplicidad de los demás.

 
y de repente... alguien me trajo el vaso de las lágrimas.
Que asombroso es lo cotidiano.
Esperaba en la silla de madera dispuesta para tal acción en la cola de recepción del centro de salud número 2 de una ciudad que poseé un par de ellos. Con cuatro ventanillas por banda viento en popa a toda vela, no corta el mar sino vuela una cola de personas, en su mayoría enfermas, dotadas con un arma de precisión que dudo otro ser pueda ni tan siquiera igualar. Hablo del número para el turno.
Ya en mi juventud y con la alegría que daba la sisa de cinco antiguos duros, disfrutaba de las colas en el mercado municipal de por aquel entonces mi pueblo. Una época la cual, como si de personajes de novela de caballería se tratará, la palabra era un contrato en firme.
- ¿Quién da la vez? o mejor, ¿quién es la última? - preguntabas con la emoción de saber que una dama (pocos hombres se veían entonces en los mercados) contestaría rauda legando en tí la obligación de volver a pasar el turno. Y ahí quedabas expectante, a que alguien te librará de esa carga moral. Llegaba por fín y con todos los sentidos puestos en la pregunta milagrosa soltabas el testigo y respirabas, centrándote en los movimientos del tendero y mirando de reojo a tu antecesora, para una vez hubiese terminado de recoger el cambio, soltar tu retaila, pagar y sisar.
Siempre estaba la espabilada que trataba de colarse, de eso siempre ha habido, pero varias voces se levantaban y corroboraban el orden de la cola y la discusión se terminaba con la gran pregunta:
"- ...bueno bien, ¿la última?-"
Pero llegó la masificación. Gente y más gente de compras, todos con prisa. Y el dato más escalofriante de todos, irrumpe el supermercado.
Con esta novedad y con los precios más bajos, los clientes se convierten en ordas embrutecidas. Mucha gente, mucha prisa, y el invento convierte la cola en algo impersonal.
Ahí, ahí aparece nuestro personaje principal. El poderoso número para el turno. Enrrolladitos todos ellos formando una cadena que nos atrapa. Y esa pantallita mostrando puntos rojos que forman números en un bingo estupido que siempre toca. Muchas veces lo he pensado. Tendrían que desordenar los números de la pantalla y así con el suspense, la espera sería otra cosa. Y el pitido. Joder con el pitido.
A eso hemos llegado. A tener la cola de un centro de salud automatizada. Han burocratizado una cola.
Plegaba una y otra vez el numerito entre mis dedos, sin decir nada, observando el avance vertiginoso de los dígitos en la pantalla, cuando de repente, entró en el hall una joven acompañando a una amiga de color azul. Bueno más que azul era morada. Se rompió la monotonía y los allí presentes, observando que la pareja se dirigía a las ventanillas, cerraron filas, señalando con sus dedos el expendedor de numeritos y mostrando cada uno el suyo. Pero nadie habló.
Al blandir el número en el aire, la superioridad que se adquiere ante el rival desarmadome trae imágenes de grandes batallas épicas.
La joven y su amiga pararon en seco. La primera intentó explicar el asunto en pocas palabras:
"- Mi amiga no puede respirar, se ahoga".
Los allí presentes se miraron. Con la mirada de los guardias de aduana cuando deben dejar pasar a un individuo sospechoso y se pasan la responsabilidad de pupila a pupila.
Los integrantes del ejercito de la cola bajaron sus armas.
Dos graciles minutos habían transcurrido desde la llegada ya que el tiempo ante situaciones como esta, corre feliz y juguetón como cabritilla nerviosa por los nuevos prados que se abren ante ella.
Al llegar nuestras nuevas compañeras a la ventanilla la joven acompañante señalando a su amiga de color púrpura repitió su explicación:
"- Mi amiga no puede respirar, se ahoga".
Y desde la seguridad del bunker acorazado a prueba de remordimientos, moral y ética que la silla, el cristal separador y la dichosa máquina ordenadora de colas otorga a la encargada de recepción escuché:
"-Dame el SIP"
Recuerdo al lector paciente que la joven no podía respirar, se ahogaba. Es un vicio más de los varios que los seres humanos tenemos. Comer, beber, respirar...
Buscaba en el bolso de su amiga la cartera mientras miraba a los ojos a su amiga que como podía le indicaba si se acercaba o no al dichosa tarjeta de identificación.
Un par de minutos más. Vertiginoso ahora el dichoso tiempo.
Una vez la señora del refugio anti-problemas tuvo la tarjeta en sus manos comprobó los datos y y levantando un poquito la cabeza pregunto a la interesada: (leer despacito como si tubieras todo el tiempo del mundo)
"- ¿por qué has venido a este centro de salud si tu pertenes al número uno y este es el número dos?
"- Es que me ha pasado ahí delante-. Juro por lo más sagrado que esto lo contestó casi sin poder mantenerse en pie.
Cogió una agenda, siempre desde la tranquilidad que los nervios en estos casos no son buenos y comprobó que médicos estaban, llamó por teléfono a una consulta, asintió con la cabeza y devolviendo la tarjeta a su propietaria continuó:
"- Ve por esa escalera, sube a la consulta número cinco y espera.-
Hay un montón de palabras posibles para una situación como esta. Pero "escalera", "sube" y "espera" no eran las apropiadas.
Llevaban casi siete minutos en el centro de salud y aún no habián visto la salud por ninguna parte.
Seguí con la mirada a las dos mientras subían la escalera y me crucé la mirada con mi acompañante. Que bien nos salio la mirada de sorpresa.
Sonó un pitido y todo el mundo miró su número, después a la pantalla y la normalidad se instauró de nuevo en la sala.
Me levanté y fuí hasta mi pareja.
Tras cinco minutos un médico bajo la escalera de cuatro en cuatro escalones, esquivó a la guardia pretoriana de gente en cola, se asomó a la ventanilla y gritando pidió con urgencia la presencia del SAMUR.
Cogí fuertemente aire por la nariz y busqué en mis bolsillos.
Oí una voz que me decía:
"- ¿Buscas un Kleenex?-"
MIrando alrededor respondí:
"- No, busco mi vaso de las lágrimas-"





 
Y de repente... la vida te da limones.
Los cambios son necesarios. Y los cambios no son ni buenos ni malos. Son cambios.
Tras tres meses de absoluto recogimiento en el convento de la orden de la Mirtazapina (la llamaré Mirta porque ya tenemos confianza) hoy por fin he visto la luz. Y no una luz cegadora, divina y celestial. Más bian ha sido un fogonazo, un flash molesto que ha roto mi burbuja aislante y dejado pasar el hedor del exterior. La primera imagen nítida del mundo nuevo que he descubierto no me ha gustado.
No me voy a perder en detalles, pues es la imagen que todo el mundo observa a diario y claro nueva no es.
He llamado a las puertas del Prior Psicólogo y tras las preguntas de rigor se ha confesado divorciado y harto necesitado de un cambio.
Cambio.
Y ahí lo he dejado, comprobando que estábamos en igualdad de condiciones y que la partida terminaríra en tablas.
Saliendo de mi retiro, pero de puntillas, me he paseado observando la calamidad del paisaje y dirigiéndome a los puntos estratégicos donde mi condición de pintamonas digital es conocida, he intentado recuperar el tiempo perdido tras el cambio.
Cambio.
Mi primer encuentro se ha producido en un balneario automovilístico. Los pacientes mostraban sus partes nobles sin pudor mientras los sanitarios de batas azules trataban de aliviar el paso del tiempo en sus rígidos cuerpos. El jefe de especialidades me ha recibido con una gran sonrisa y tras las preguntas de rigor me ha encomendado un trabajo de calado social. Me ha dado la mano cortés y me ha llenado de grasa.
"Las traigo frescas, señora", "Y de fácil aplicación." En estas frases se resume el briefing.
"- Es un negocio que tengo en paralelo a lo que aquí ves."
Yo lo veía, claro que lo veía.
Era necesaria la intervención de la fotografía, una maquetación resultona de un espacio reducido y un presupuesto ajustado.
"- Las compresas que vendo no tienen marca pero con una buena foto se venden solas." Esta explicación me hizo sonreir y empecé a recordar mi devoción por Santa Mirta, San Prozac y sus apóstoles.
"- En cuanto a los tampones no puedo llamarlos Tampax - que me encantaría- pero otra buena foto seguro que también vende."
Esto convirtió mi sonrisita en una mueca nerviosa y noté un sudor frio en la frente.
Quería un cambio. Pues toma cambio.
Cogí la bolsa con los modelos y me dirigí hacia la calle. Encendí un cigarrito, mire a la derecha, luego a la izquierda y viendo pista libre salí corriendo en dirección al convento. Tras sus muros esperaré el momento final de la metamorfosis y seguiré contemplando pero ahora con los ojos cerrados, no vaya a ser que otra luz me ciegue y me sienta con ganas de explorar los exteriores.
Cambio y corto.




 
Y de repente... personajes de ayer y hoy.
Esto es una presentación de la nueva temporada de este espacio.
Tras mucho tiempo y con cambios sustanciales en mi modo de vida, vuelvo aquí para volcar en unas cuantas líneas una visión poco coherente de lo que me rodea.
Han pasado muchas cosas durante mi ausencia, pero la que más me choca es el descubrimiento de nuevos planetas lejanos, muy lejanos. Y nuestra capacidad para decidir lo que es un planeta y lo que no. Somos así. Chulos universales.
Tenemos Misters y Misses Universales. Enciclopedias Universales. Tratados Universales. Y si nos da la gana, cogemos un cuerpo estelar y lo bautizamos planeta o lo relegamos a esteroide o motita de polvo, eso sí universal.

En mi universo particular hay algunas piezas que creo serán importantes en mis próximos textos. Son algunos personajes que seguro aparecerán en mis relatos y que con mucho cariño, paso a presentaros:

Señorita Conciencia (La Concien): No es ni mala ni buena. Es un pitido que escucho en el estómago que unas veces me da hambre y otras me la quita.

Divina: Es una especie de Dios pero requeteguay. En mis relatos Dios sirve para otras cosas.

Santa Mirtazapina (Santa Mirta): Subida a los altares por obra y gracia de Divina.

San Prozac y sus Apóstoles: Que puedo decir... me embarga la emoción. Los Apóstoles también son admiradores de Santa Mirta.

Pintamonas Digitales: El gremio de diseñadores gráficos. Actuán como una sola mente y tienen un lema: "A la Baja." Son como magos, tiene la capacidad de contraer y dilatar el tiempo. Estan tan unidos mentalmente que las casualidades y los parecidos son irremediables. "La gente normal" a este don lo llaman plagio. Los "Pintamonas" a secas (se explica más abajo) los llaman (Machacas) pero debe ser con cariño al recordar su pasado.

Pintamonas: Cuando un Pintamonas Digital es ascendido, se convierte en esto. Su lema es: "Aquí reino yo y cien machacas". Se les cae la palabra "Digital" en el proceso de ascensión. Se les aplica un rayo de colores que les cubre de un aura preciosa pero que irremediablemente acaba con todos los conocimientos informáticos del sujeto. Cuando mueren se les promete un cielo plagado de Macs y un millón de machacas vírgenes. Las nubes en su cielo son de antiácido.

Ysis: Son los clientes de los Pintamonas Digitales freelance. A todas las ideas geniales que propone un Pintamonas Digital la respuesta es "Y si..." Su idea del trabajo de Pintamonas Digital es:
"+ precio = + mareo" ó "+ precio = + colores y dibujos" y también + precio = no te pago.

Prior Psicólogo: Padre espirituale de segundo orden. Como amigos o camareros pero titulados en Aguante. Cobrán.

Apóstoles: Padres espirituales de primer orden. Son los mediums entre nosotros y San Prozac, Santa Mirta y otros Santos por el estilo. Cobrán más que los anteriores.

Seguro irán apareciendo más personajes en un futuro, pero con estos creo que mi universo queda bastante claro.

Así pues bienvenid@s.
 
y de repente... vuelvo
Pues sí, he vuelto. Y creo que esta vez para quedarme.

Lluvia, relámpagos, truenos. No hay luz natural y todo es en blanco y negro.
Hoy no es un día como para escribir, pero al menos he recuperado la contraseña después de encontrar el blog.
Creí haberlo perdido para siempre.
Lo busque por su nombre y por el mio. Al final apareció, lo releí y con una sonrisita en los labios opté por seguir escribiendo.

Así que saludos a tod@s y a continuar.