y de repente... alguien me trajo el vaso de las lágrimas.
Que asombroso es lo cotidiano.
Esperaba en la silla de madera dispuesta para tal acción en la cola de recepción del centro de salud número 2 de una ciudad que poseé un par de ellos. Con cuatro ventanillas por banda viento en popa a toda vela, no corta el mar sino vuela una cola de personas, en su mayoría enfermas, dotadas con un arma de precisión que dudo otro ser pueda ni tan siquiera igualar. Hablo del número para el turno.
Ya en mi juventud y con la alegría que daba la sisa de cinco antiguos duros, disfrutaba de las colas en el mercado municipal de por aquel entonces mi pueblo. Una época la cual, como si de personajes de novela de caballería se tratará, la palabra era un contrato en firme.
- ¿Quién da la vez? o mejor, ¿quién es la última? - preguntabas con la emoción de saber que una dama (pocos hombres se veían entonces en los mercados) contestaría rauda legando en tí la obligación de volver a pasar el turno. Y ahí quedabas expectante, a que alguien te librará de esa carga moral. Llegaba por fín y con todos los sentidos puestos en la pregunta milagrosa soltabas el testigo y respirabas, centrándote en los movimientos del tendero y mirando de reojo a tu antecesora, para una vez hubiese terminado de recoger el cambio, soltar tu retaila, pagar y sisar.
Siempre estaba la espabilada que trataba de colarse, de eso siempre ha habido, pero varias voces se levantaban y corroboraban el orden de la cola y la discusión se terminaba con la gran pregunta:
"- ...bueno bien, ¿la última?-"
Pero llegó la masificación. Gente y más gente de compras, todos con prisa. Y el dato más escalofriante de todos, irrumpe el supermercado.
Con esta novedad y con los precios más bajos, los clientes se convierten en ordas embrutecidas. Mucha gente, mucha prisa, y el invento convierte la cola en algo impersonal.
Ahí, ahí aparece nuestro personaje principal. El poderoso número para el turno. Enrrolladitos todos ellos formando una cadena que nos atrapa. Y esa pantallita mostrando puntos rojos que forman números en un bingo estupido que siempre toca. Muchas veces lo he pensado. Tendrían que desordenar los números de la pantalla y así con el suspense, la espera sería otra cosa. Y el pitido. Joder con el pitido.
A eso hemos llegado. A tener la cola de un centro de salud automatizada. Han burocratizado una cola.
Plegaba una y otra vez el numerito entre mis dedos, sin decir nada, observando el avance vertiginoso de los dígitos en la pantalla, cuando de repente, entró en el hall una joven acompañando a una amiga de color azul. Bueno más que azul era morada. Se rompió la monotonía y los allí presentes, observando que la pareja se dirigía a las ventanillas, cerraron filas, señalando con sus dedos el expendedor de numeritos y mostrando cada uno el suyo. Pero nadie habló.
Al blandir el número en el aire, la superioridad que se adquiere ante el rival desarmadome trae imágenes de grandes batallas épicas.
La joven y su amiga pararon en seco. La primera intentó explicar el asunto en pocas palabras:
"- Mi amiga no puede respirar, se ahoga".
Los allí presentes se miraron. Con la mirada de los guardias de aduana cuando deben dejar pasar a un individuo sospechoso y se pasan la responsabilidad de pupila a pupila.
Los integrantes del ejercito de la cola bajaron sus armas.
Dos graciles minutos habían transcurrido desde la llegada ya que el tiempo ante situaciones como esta, corre feliz y juguetón como cabritilla nerviosa por los nuevos prados que se abren ante ella.
Al llegar nuestras nuevas compañeras a la ventanilla la joven acompañante señalando a su amiga de color púrpura repitió su explicación:
"- Mi amiga no puede respirar, se ahoga".
Y desde la seguridad del bunker acorazado a prueba de remordimientos, moral y ética que la silla, el cristal separador y la dichosa máquina ordenadora de colas otorga a la encargada de recepción escuché:
"-Dame el SIP"
Recuerdo al lector paciente que la joven no podía respirar, se ahogaba. Es un vicio más de los varios que los seres humanos tenemos. Comer, beber, respirar...
Buscaba en el bolso de su amiga la cartera mientras miraba a los ojos a su amiga que como podía le indicaba si se acercaba o no al dichosa tarjeta de identificación.
Un par de minutos más. Vertiginoso ahora el dichoso tiempo.
Una vez la señora del refugio anti-problemas tuvo la tarjeta en sus manos comprobó los datos y y levantando un poquito la cabeza pregunto a la interesada: (leer despacito como si tubieras todo el tiempo del mundo)
"- ¿por qué has venido a este centro de salud si tu pertenes al número uno y este es el número dos?
"- Es que me ha pasado ahí delante-. Juro por lo más sagrado que esto lo contestó casi sin poder mantenerse en pie.
Cogió una agenda, siempre desde la tranquilidad que los nervios en estos casos no son buenos y comprobó que médicos estaban, llamó por teléfono a una consulta, asintió con la cabeza y devolviendo la tarjeta a su propietaria continuó:
"- Ve por esa escalera, sube a la consulta número cinco y espera.-
Hay un montón de palabras posibles para una situación como esta. Pero "escalera", "sube" y "espera" no eran las apropiadas.
Llevaban casi siete minutos en el centro de salud y aún no habián visto la salud por ninguna parte.
Seguí con la mirada a las dos mientras subían la escalera y me crucé la mirada con mi acompañante. Que bien nos salio la mirada de sorpresa.
Sonó un pitido y todo el mundo miró su número, después a la pantalla y la normalidad se instauró de nuevo en la sala.
Me levanté y fuí hasta mi pareja.
Tras cinco minutos un médico bajo la escalera de cuatro en cuatro escalones, esquivó a la guardia pretoriana de gente en cola, se asomó a la ventanilla y gritando pidió con urgencia la presencia del SAMUR.
Cogí fuertemente aire por la nariz y busqué en mis bolsillos.
Oí una voz que me decía:
"- ¿Buscas un Kleenex?-"
MIrando alrededor respondí:
"- No, busco mi vaso de las lágrimas-"
Esperaba en la silla de madera dispuesta para tal acción en la cola de recepción del centro de salud número 2 de una ciudad que poseé un par de ellos. Con cuatro ventanillas por banda viento en popa a toda vela, no corta el mar sino vuela una cola de personas, en su mayoría enfermas, dotadas con un arma de precisión que dudo otro ser pueda ni tan siquiera igualar. Hablo del número para el turno.
Ya en mi juventud y con la alegría que daba la sisa de cinco antiguos duros, disfrutaba de las colas en el mercado municipal de por aquel entonces mi pueblo. Una época la cual, como si de personajes de novela de caballería se tratará, la palabra era un contrato en firme.
- ¿Quién da la vez? o mejor, ¿quién es la última? - preguntabas con la emoción de saber que una dama (pocos hombres se veían entonces en los mercados) contestaría rauda legando en tí la obligación de volver a pasar el turno. Y ahí quedabas expectante, a que alguien te librará de esa carga moral. Llegaba por fín y con todos los sentidos puestos en la pregunta milagrosa soltabas el testigo y respirabas, centrándote en los movimientos del tendero y mirando de reojo a tu antecesora, para una vez hubiese terminado de recoger el cambio, soltar tu retaila, pagar y sisar.
Siempre estaba la espabilada que trataba de colarse, de eso siempre ha habido, pero varias voces se levantaban y corroboraban el orden de la cola y la discusión se terminaba con la gran pregunta:
"- ...bueno bien, ¿la última?-"
Pero llegó la masificación. Gente y más gente de compras, todos con prisa. Y el dato más escalofriante de todos, irrumpe el supermercado.
Con esta novedad y con los precios más bajos, los clientes se convierten en ordas embrutecidas. Mucha gente, mucha prisa, y el invento convierte la cola en algo impersonal.
Ahí, ahí aparece nuestro personaje principal. El poderoso número para el turno. Enrrolladitos todos ellos formando una cadena que nos atrapa. Y esa pantallita mostrando puntos rojos que forman números en un bingo estupido que siempre toca. Muchas veces lo he pensado. Tendrían que desordenar los números de la pantalla y así con el suspense, la espera sería otra cosa. Y el pitido. Joder con el pitido.
A eso hemos llegado. A tener la cola de un centro de salud automatizada. Han burocratizado una cola.
Plegaba una y otra vez el numerito entre mis dedos, sin decir nada, observando el avance vertiginoso de los dígitos en la pantalla, cuando de repente, entró en el hall una joven acompañando a una amiga de color azul. Bueno más que azul era morada. Se rompió la monotonía y los allí presentes, observando que la pareja se dirigía a las ventanillas, cerraron filas, señalando con sus dedos el expendedor de numeritos y mostrando cada uno el suyo. Pero nadie habló.
Al blandir el número en el aire, la superioridad que se adquiere ante el rival desarmadome trae imágenes de grandes batallas épicas.
La joven y su amiga pararon en seco. La primera intentó explicar el asunto en pocas palabras:
"- Mi amiga no puede respirar, se ahoga".
Los allí presentes se miraron. Con la mirada de los guardias de aduana cuando deben dejar pasar a un individuo sospechoso y se pasan la responsabilidad de pupila a pupila.
Los integrantes del ejercito de la cola bajaron sus armas.
Dos graciles minutos habían transcurrido desde la llegada ya que el tiempo ante situaciones como esta, corre feliz y juguetón como cabritilla nerviosa por los nuevos prados que se abren ante ella.
Al llegar nuestras nuevas compañeras a la ventanilla la joven acompañante señalando a su amiga de color púrpura repitió su explicación:
"- Mi amiga no puede respirar, se ahoga".
Y desde la seguridad del bunker acorazado a prueba de remordimientos, moral y ética que la silla, el cristal separador y la dichosa máquina ordenadora de colas otorga a la encargada de recepción escuché:
"-Dame el SIP"
Recuerdo al lector paciente que la joven no podía respirar, se ahogaba. Es un vicio más de los varios que los seres humanos tenemos. Comer, beber, respirar...
Buscaba en el bolso de su amiga la cartera mientras miraba a los ojos a su amiga que como podía le indicaba si se acercaba o no al dichosa tarjeta de identificación.
Un par de minutos más. Vertiginoso ahora el dichoso tiempo.
Una vez la señora del refugio anti-problemas tuvo la tarjeta en sus manos comprobó los datos y y levantando un poquito la cabeza pregunto a la interesada: (leer despacito como si tubieras todo el tiempo del mundo)
"- ¿por qué has venido a este centro de salud si tu pertenes al número uno y este es el número dos?
"- Es que me ha pasado ahí delante-. Juro por lo más sagrado que esto lo contestó casi sin poder mantenerse en pie.
Cogió una agenda, siempre desde la tranquilidad que los nervios en estos casos no son buenos y comprobó que médicos estaban, llamó por teléfono a una consulta, asintió con la cabeza y devolviendo la tarjeta a su propietaria continuó:
"- Ve por esa escalera, sube a la consulta número cinco y espera.-
Hay un montón de palabras posibles para una situación como esta. Pero "escalera", "sube" y "espera" no eran las apropiadas.
Llevaban casi siete minutos en el centro de salud y aún no habián visto la salud por ninguna parte.
Seguí con la mirada a las dos mientras subían la escalera y me crucé la mirada con mi acompañante. Que bien nos salio la mirada de sorpresa.
Sonó un pitido y todo el mundo miró su número, después a la pantalla y la normalidad se instauró de nuevo en la sala.
Me levanté y fuí hasta mi pareja.
Tras cinco minutos un médico bajo la escalera de cuatro en cuatro escalones, esquivó a la guardia pretoriana de gente en cola, se asomó a la ventanilla y gritando pidió con urgencia la presencia del SAMUR.
Cogí fuertemente aire por la nariz y busqué en mis bolsillos.
Oí una voz que me decía:
"- ¿Buscas un Kleenex?-"
MIrando alrededor respondí:
"- No, busco mi vaso de las lágrimas-"





