Sopla la brisa húmeda
Sopla la brisa húmeda. Se acercan las primeras lluvias del otoño, y yo las espero con impaciencia. Aquí, en los valles donde he crecido, el escaso cielo que asoma por encima de los altos picos se tiñe de gris, despacio, al ritmo cansino del viento que arrastra las nubes. Pronto, el verde de las praderas se oscurece, y los sonidos de la naturaleza se van apagando. Un relámpago lejano, algún pájaro cantando, el agua del arroyo... poco más se oye aquí donde no llega el hombre.
Tan extraño, tan intruso me siento en esta tierra, que llego descalzo desde el poblado, despacio, sin querer molestar a los animales salvajes, auténticos dueños de todo esto. Busco una ladera desde donde pueda ver el río y me siento, sonriendo, recordando las cosas bellas y olvidando toda mi tristeza.
Empieza a llover y cierro los ojos. Me embriaga una extraña sensación de haber viajado en el tiempo, de estar en una época anterior a los hombres. Aquí no existe nadie, no existo yo. Tumbado en la hierba, me limito a dejarme llevar por la lluvia que golpea suavemente mi cuerpo, y por el sonido del arroyo que parece cantarme una canción de cuna con su tenue murmullo. Nada puede molestarme, ni yo molesto a nadie. Respiro despacio, embriagándome del aroma húmedo de la naturaleza. Abro los brazos y coloco las palmas de mis manos hacia arriba, para poder sentir mejor las gotas cayendo sobre mi. No necesito abrir los ojos para poder ver todo lo que me rodea, para sentirme pequeño ante tanta belleza. Las altas montañas, las verdes laderas, los animales disfrutando indiferentes del regalo de la vida, el anciano riachuelo abriéndose paso entre las rocas cubiertas de musgo... y la lluvia que se cala hasta mis huesos y entumece mi cuerpo. Hace frío, pero no me importa. La felicidad que siento en estos escasos momentos bien merece un pequeño sacrificio. En momentos como estos, en mitad del paraíso, la soledad es una bendición.
Me dejo llevar durante un tiempo que nunca cuento, que nunca controlo. Simplemente estoy allí hasta que siento que ya no necesito más. Abro los ojos, despacio, y miro al cielo. Me gusta ver caer las gotas desde lo alto, hacia mi cara. Me levanto y emprendo el camino de regreso a casa. Allí me espera mi dulce amor, con el hogar preparado para calentarme. No comprende lo que hago, no sabe por qué voy allí todos los años cuando empiezan las lluvias, pero sabe que soy feliz y eso es suficiente para ella.
Mi vida no es perfecta, ni mas dichosa que la de los demás. De todo lo que me rodea, pocas cosas me hacen feliz. Pero he llegado a amarlas tanto, que todos mis problemas palidecen a su lado.
zidair.-
Tan extraño, tan intruso me siento en esta tierra, que llego descalzo desde el poblado, despacio, sin querer molestar a los animales salvajes, auténticos dueños de todo esto. Busco una ladera desde donde pueda ver el río y me siento, sonriendo, recordando las cosas bellas y olvidando toda mi tristeza.
Empieza a llover y cierro los ojos. Me embriaga una extraña sensación de haber viajado en el tiempo, de estar en una época anterior a los hombres. Aquí no existe nadie, no existo yo. Tumbado en la hierba, me limito a dejarme llevar por la lluvia que golpea suavemente mi cuerpo, y por el sonido del arroyo que parece cantarme una canción de cuna con su tenue murmullo. Nada puede molestarme, ni yo molesto a nadie. Respiro despacio, embriagándome del aroma húmedo de la naturaleza. Abro los brazos y coloco las palmas de mis manos hacia arriba, para poder sentir mejor las gotas cayendo sobre mi. No necesito abrir los ojos para poder ver todo lo que me rodea, para sentirme pequeño ante tanta belleza. Las altas montañas, las verdes laderas, los animales disfrutando indiferentes del regalo de la vida, el anciano riachuelo abriéndose paso entre las rocas cubiertas de musgo... y la lluvia que se cala hasta mis huesos y entumece mi cuerpo. Hace frío, pero no me importa. La felicidad que siento en estos escasos momentos bien merece un pequeño sacrificio. En momentos como estos, en mitad del paraíso, la soledad es una bendición.
Me dejo llevar durante un tiempo que nunca cuento, que nunca controlo. Simplemente estoy allí hasta que siento que ya no necesito más. Abro los ojos, despacio, y miro al cielo. Me gusta ver caer las gotas desde lo alto, hacia mi cara. Me levanto y emprendo el camino de regreso a casa. Allí me espera mi dulce amor, con el hogar preparado para calentarme. No comprende lo que hago, no sabe por qué voy allí todos los años cuando empiezan las lluvias, pero sabe que soy feliz y eso es suficiente para ella.
Mi vida no es perfecta, ni mas dichosa que la de los demás. De todo lo que me rodea, pocas cosas me hacen feliz. Pero he llegado a amarlas tanto, que todos mis problemas palidecen a su lado.
zidair.-
Comentario:
Es un relato. :)
En Villaverde no tenemos lugares tan chulos
Y gracias. ;)
En Villaverde no tenemos lugares tan chulos
Y gracias. ;)
Comentario:
Uh... no lo he entendido... ¿eres tú, místico o es un relato?
Pero muy bonito, eso sí :-)
Pero muy bonito, eso sí :-)





